jueves, 11 de abril de 2013

ME PARECIÓ INTERESANTE COPIARLO


De minas, rufianes y burdeles








Las mujeres eran clasificadas por su nivel y su tarifa: las francesas, las polacas y las criollas, es decir, las muchachas de arrabal.

Mona Lisa Acelerada
Millones de mujeres han vendido su piel desde el principio del mundo por comida, por dinero, por ambición, por miedo. Entre las hetairas griegas o las cortesanas romanas, por ejemplo, y las prostitutas de hoy no hay más diferencias que las cosméticas.
El término prostituta proviene del latín prostituere, donde pro significa antes o delante y statuere estacionado, colocado; es decir, algo colocado adelante, a la vista, con la intención de ser vendido. En Roma también eran llamadas meretrices (del latín, meretrix, del verbo mereo pagar, ganar), y que ha pasado sin cambios al castellano. El diccionario de la RAE la define como "persona que mantiene relaciones sexuales a cambio de dinero".
Los lupanares estaban regentados por un leno, de ahí la palabra lenocinio, quien cuidaba del orden y de cobrar a los clientes si las mozas eran esclavas; si eran libres cobraban ellas y daban su comisión al leno. Las celdas se llamaban jornices, de donde viene el verbo fornicar, porque estaban situadas muchas veces bajo las bóvedas y arcadas de algunos monumentos públicos, como el circo, el anfiteatro, los teatros, el estadio, etcétera. La palabra burdel  deriva del catalán bordell y éste de bord, bastardo; de allí que burdel  significaría el lugar en donde se concebían bastardos.
En nuestro país los prostíbulos han existido siempre. Pero a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX se produjo un notabilísimo aumento de las llamadas “casas de tolerancia” a causa de tres factores determinantes: la inmigración masiva mayoritariamente masculina, la importación de prostitutas europeas después de la Primera Guerra Mundial, en especial a través de la Zwi Migdal, y la crisis económica de 1915 que arrojó a centenares de argentinas a la calle y a las manos de proxenetas, “cafiolos” o “macrós”.
La siniestra Zwi Migdal era una red mundial de trata de personas que operó durante las tres primeras décadas del XX desde la ciudad de Buenos Aires y concentraba sus esfuerzos en la prostitución forzada de mujeres judías, en especial de Europa del Este. Esta enorme organización se ocultaba tras el nombre Sociedad Israelita de Socorros Mutuos Varsovia de Barracas al Sud y Buenos Aires, pero se la conocía simplemente como La Varsovia.
El Censo Nacional de 1869 registra 361 personas en el rubro "rufianes y prostitutas", 306 de ellas mujeres. Los registros de Capital Federal de 1889 sumaban 2.007 trabajadoras sexuales. Entre 1899 y 1915 los registros contabilizan 16.500 prostitutas, el 80% de las cuales era inmigrante. De ellas, 3.687 estás registradas como "rusas", es decir, oriundas de Europa oriental, y 2.484 como "francesas".
Una idea clara de la magnitud de estas operaciones de “trata de blancas” ejecutadas por esta eficiente organización de rufianes es el incremento de prostíbulos legales en Buenos Aires: en 1920 había 292 lupanares, en 1925, 957.
Las “minas” eran clasificadas por su nivel y su tarifa: las francesas atendían en departamentos del centro, iban de a una, exigían limpieza y cobraban más caro; las polacas trabajaban en los burdeles de los barrios, cobraban 2 pesos por “servicio” y eran obligadas a la servidumbre; y las criollas, es decir, las muchachas de arrabal, intentaban “afrancesarse" y como canta el tango pasaban de llamarse Margarita a transformarse en Margot, como una “muñeca brava, bien cotizada”, una madama que “parla en francés”. Pura supervivencia.
Otras, menos afortunadas, pasaron de Esthercita a Milonguita, a quien los hombres le hicieron mal; o se quedaron llorando como Griseta y Grisel, ya que cayeron por su propia culpa, por  sus “berretines de bacana”.
Los tangos de este período siempre aluden a las mujeres que frecuentaban cabarets y “bacanes”, pero no a las jovencitas que trabajaban en los lupanares colectivos, generalmente entre 13 y 20 años y que eran la gran mayoría. En las peores condiciones de privacidad e higiene, padecían la larga fila de clientes vigiladas por una cotizada madama y por la estricta contabilidad de “servicios” de un codicioso rufián.
Todas ellas estaban esclavizadas por la Zwi Migdal, también conocida como la “sociedad tenebrosa”. Los cafishios recurrían al castigo corporal, las privaciones, el encierro y el hacinamiento, puesto que llegaron a convivir 70 prostitutas por casa, conventillo o prostíbulo.
La Varsovia fue desmantelada en 1931 a partir de la valiente denuncia que Raquel Liberman, una polaca que había caído en la red de trata.
Para el final, un fragmento de la letra del tango Milonguita (Esthercita), de Enrique Delfino y Samuel Linnig (1920):
“¿Te acordás, Milonguita? Vos eras / la pebeta más linda ’e Chiclana, / la pollera cortona y las trenzas, /y en las trenzas un beso de sol. / Y en aquellas noches de verano, /¿qué soñaba tu almita, mujer, /al oír en la esquina algún tango chamuyarte bajito de amor?” (…) “¡Milonguita! / Los hombres te han hecho mal, / y hoy darías toda tu alma/ por vestirte de percal”.
Patricia Rodó

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